Leo en el periódico que un tipo (no merece otro nombre) va a pagar dos millones y medio de dólares para que Christina Aguilera le cante en concierto privado cuatro canciones. Dos millones y medio. Christina Aguilera. Cuatro canciones.
Este tipo, del que no sé el nombre ni quisiera saberlo por si algún día intento venderle un paquete de pañuelos en un semáforo, es español. Y por sus gustos musicales, hortera: un apellido muy extendido. Por si alguien practica la lectura rápida: dos millones y medio. Christina Aguilera. Cuatro canciones.
En las enciclopedias se dice que el hombre ha pisado la Luna. Siempre he mantenido que no, que la pisaron dos norteamericanos blancos. ¿Es el hombre un despilfarrador hortera, o es mérito exclusivo de este español? Como siempre, optimistas vs. pesimistas.
sábado, 27 de agosto de 2011
lunes, 22 de agosto de 2011
> La visita del Papa
Ya sé que su reino no es de este mundo, pero me resultó triste que ni tan siquiera pudiera evitar la tromba de agua que cayó a los congregados en Cuatro Vientos para verle. No digo yo que convirtiera la Coca-Cola en Vega Sicilia o que acabara con el paro, pero sí al menos el detalle de parar la tempestad hasta después del discurso.
Y el caso es que una palabra suya podría haber obrado milagros incluso mayores, porque escuchándole estaban Emilio Botín, Rodrigo Rato (Caja Madrid patrocina las camisetas de los voluntarios), la cúpula del PP a punto de pisar moqueta y el mismo Rey de España, todos fervientes católicos y seguidores de Jesús el pescador, que decía aquello del camello y el ojo de la aguja.
Miles de jóvenes y no tan jóvenes le escuchaban arrobados. Oían decir que a Jesucristo no se puede llegar solo, que hace falta seguir a la Iglesia. A este mensaje seguro que están acostumbrados, porque ya habrán leído las recomendaciones de Nintendo, Sony y Microsoft acerca de usar sólo software original. También oían decir que eran valientes por estar allí y que debían estar orgullosos de mostrarse católicos ante la sociedad: durante un tiempo fue meritorio ser católico, acosados en todo el mundo por un ambiente liberal y socialdemócrata. Pero ahora que es un signo de identidad de cierta clase media alta sólo tiene el atractivo del lustre y la utilidad del cofrade.
Ay, las sandalias del pescador y los mocasines de Prada.
Y el caso es que una palabra suya podría haber obrado milagros incluso mayores, porque escuchándole estaban Emilio Botín, Rodrigo Rato (Caja Madrid patrocina las camisetas de los voluntarios), la cúpula del PP a punto de pisar moqueta y el mismo Rey de España, todos fervientes católicos y seguidores de Jesús el pescador, que decía aquello del camello y el ojo de la aguja.
Miles de jóvenes y no tan jóvenes le escuchaban arrobados. Oían decir que a Jesucristo no se puede llegar solo, que hace falta seguir a la Iglesia. A este mensaje seguro que están acostumbrados, porque ya habrán leído las recomendaciones de Nintendo, Sony y Microsoft acerca de usar sólo software original. También oían decir que eran valientes por estar allí y que debían estar orgullosos de mostrarse católicos ante la sociedad: durante un tiempo fue meritorio ser católico, acosados en todo el mundo por un ambiente liberal y socialdemócrata. Pero ahora que es un signo de identidad de cierta clase media alta sólo tiene el atractivo del lustre y la utilidad del cofrade.
Ay, las sandalias del pescador y los mocasines de Prada.
sábado, 13 de agosto de 2011
> Colas
Está por nacer el poeta que haga de las colas un lugar literario. Larra ya hizo su parte con el “Vuelva usted mañana”, pero las colas son otra cosa, y no seré yo quien aborte ese largo recorrido poético.
Pero bajando del Parnaso a pie de calle, resulta que hoy he tenido la infausta necesidad de recoger un envío en una oficina de Correos. No pintaba nada bien que el gentío se divisara a una manzana de distancia. Había un aparatito de esos que dan número de orden como en las carnicerías, y me las prometía muy felices porque sólo faltaban veinte números para el mío (“jajaja, ¿qué harán aquí todos estos señores?”) hasta que me enteré que había que considerar no sólo el número, sino también la letra, con lo que en realidad me faltaban doscientas veinte posiciones para llegar ante el querido funcionario. Sí, ha leído bien: doscientas veinte.
Dos tristes empleadas despachaban a la muchedumbre, por lo que fueron dos horas y cuarto las que tardé en recoger mi carta certificada. En ese tiempo uno puede pensar mucho, pero no pensar bien de nadie. No se puede pensar bien de quien asigna los empleados a las oficinas, uno no puede pensar bien de quien dispone sólo tres asientos para tal multitud, uno no puede pensar bien de la madre del director de la oficina (la pobre…).
Un país con cinco millones de parados, y la gente haciendo cola hasta en los bares para pedir.
Pero bajando del Parnaso a pie de calle, resulta que hoy he tenido la infausta necesidad de recoger un envío en una oficina de Correos. No pintaba nada bien que el gentío se divisara a una manzana de distancia. Había un aparatito de esos que dan número de orden como en las carnicerías, y me las prometía muy felices porque sólo faltaban veinte números para el mío (“jajaja, ¿qué harán aquí todos estos señores?”) hasta que me enteré que había que considerar no sólo el número, sino también la letra, con lo que en realidad me faltaban doscientas veinte posiciones para llegar ante el querido funcionario. Sí, ha leído bien: doscientas veinte.
Dos tristes empleadas despachaban a la muchedumbre, por lo que fueron dos horas y cuarto las que tardé en recoger mi carta certificada. En ese tiempo uno puede pensar mucho, pero no pensar bien de nadie. No se puede pensar bien de quien asigna los empleados a las oficinas, uno no puede pensar bien de quien dispone sólo tres asientos para tal multitud, uno no puede pensar bien de la madre del director de la oficina (la pobre…).
Un país con cinco millones de parados, y la gente haciendo cola hasta en los bares para pedir.
jueves, 4 de agosto de 2011
> Lo público

Antes era una bonita estación de trenes de provincia, con una gran fachada de hierro fundido de gusto decimonónico y una cafetería donde servían montaditos. Cuando llegó el AVE dijeron que la estación se había quedado pequeña, y la echaron abajo para dejar… casi el mismo número de andenes, ahora vacíos. Las tracerías de hierro fundido decoran la cuenta corriente de algún jerarca.
Ya no es una estación, sino un centro comercial con MediaMarkt, Burguer King y tiendas de telefonía móvil (lo bueno de estos sitios es que no importa dónde estés que nunca te sentirás fuera de lo que ya conoces). Si tu tren no sale al poco de llegar a la estación, echas en falta que no haya ningún banco público para sentarse y esperar. Ni uno, sólo franquicias en las que sentarse a consumir. Nadie ha protestado.
Muchos españoles, no la mayoría, piensan que los políticos son parte del problema, no de la solución. Los pesimistas pensamos que los políticos son un reflejo de la sociedad en la que surgen. Quisiera tener mejores noticias, pero la chapuza, el fraude, el amiguismo, el acomodamiento… no son rasgos exclusivos de nuestros torpes dirigentes, sino también de los que les sitúan allí y de los que no les exigen su dimisión una vez han acreditado su torpeza. Y de los que no protestan cuando no hay un asiento público gratuito en una estación de tren que además tiene el nombre de María Zambrano.
domingo, 31 de julio de 2011
Aunque de principio parece incomprensible, al poco le encuentras todo su sentido.
¿Quién querría estar interesado en un sistema de mensajería que constriñe tu expresión a 140 caracteres? Pues casi todo el mundo: los que no tienen nada que decir, porque tienen la excusa perfecta; los que tienen algo que decir y quieren decirlo, porque igual no les merece la pena invertir más en la expresión. Es muy cansado eso de tener ideas largas y desarrollarlas. Lo largo, lo complejo (léase el esfuerzo) se lleva mal con estos tiempos.
Además, compartir espacio en igualdad los que saben y los que no, tiene un atractivo al que no se puede sustraer ningún ego, si uno no considera que en el mundo Twitter las opciones son seguir a alguien o ser seguido por alguien (pero esto es lo de menos).
¡Ay, ese Twitter que une a David Bisbal con Reverte, a Ana Pastor con lavadoras Whirlpool!
¿Quién querría estar interesado en un sistema de mensajería que constriñe tu expresión a 140 caracteres? Pues casi todo el mundo: los que no tienen nada que decir, porque tienen la excusa perfecta; los que tienen algo que decir y quieren decirlo, porque igual no les merece la pena invertir más en la expresión. Es muy cansado eso de tener ideas largas y desarrollarlas. Lo largo, lo complejo (léase el esfuerzo) se lleva mal con estos tiempos.
Además, compartir espacio en igualdad los que saben y los que no, tiene un atractivo al que no se puede sustraer ningún ego, si uno no considera que en el mundo Twitter las opciones son seguir a alguien o ser seguido por alguien (pero esto es lo de menos).
¡Ay, ese Twitter que une a David Bisbal con Reverte, a Ana Pastor con lavadoras Whirlpool!
martes, 26 de julio de 2011
> Pisa en el Aljarafe sevillano
La mayoría de nosotros vivimos en un entorno homogéneo hecho a nuestra imagen, y en raras ocasiones la vida nos pone en contacto con personas de otros mundos. Hay algunos trabajos, sin embargo, que por su propia naturaleza te muestran un amplio ejemplo de tipos sociales ajenos a los que uno frecuenta.
Uno de esos trabajos es la atención al público en una oficina de expedición de DNI: todo el mundo pasa por ahí. El desapacible azar me ha acercado a un pueblo en los alrededores de Sevilla. Mientras esperaba, el funcionario atendió en diferentes momentos a tres ciudadanos de unos veinte años calzados con Nike, piercing, tatuaje y camiseta de la selección nacional de fútbol… que no sabían escribir. No que tuvieran faltas de ortografía o rellenasen la casilla equivocada. No. Nada de ancianos jornaleros que no aprendieron lo básico por las penurias de la posguerra. Simplemente no entendían el simple formulario oficial ni mucho menos sabían cumplimentarlo.
Me dijo luego el funcionario que lo peor es que no les daba vergüenza reconocerlo, sino al contrario. Y más, que tenían el título de graduado escolar. Siempre son varones, y para suplir su ignorancia (que ellos valoran como signo de hombría suma) se hacen acompañar por la novia o por su madre para que les haga ‘los papeles’ mientras ellos responden con guturales monosílabos al funcionario.
Las invariantes de la Andalucía profunda con el envoltorio de una Nintendo.
Uno de esos trabajos es la atención al público en una oficina de expedición de DNI: todo el mundo pasa por ahí. El desapacible azar me ha acercado a un pueblo en los alrededores de Sevilla. Mientras esperaba, el funcionario atendió en diferentes momentos a tres ciudadanos de unos veinte años calzados con Nike, piercing, tatuaje y camiseta de la selección nacional de fútbol… que no sabían escribir. No que tuvieran faltas de ortografía o rellenasen la casilla equivocada. No. Nada de ancianos jornaleros que no aprendieron lo básico por las penurias de la posguerra. Simplemente no entendían el simple formulario oficial ni mucho menos sabían cumplimentarlo.
Me dijo luego el funcionario que lo peor es que no les daba vergüenza reconocerlo, sino al contrario. Y más, que tenían el título de graduado escolar. Siempre son varones, y para suplir su ignorancia (que ellos valoran como signo de hombría suma) se hacen acompañar por la novia o por su madre para que les haga ‘los papeles’ mientras ellos responden con guturales monosílabos al funcionario.
Las invariantes de la Andalucía profunda con el envoltorio de una Nintendo.
martes, 19 de julio de 2011
> Dos mundos
Cuando Daniel Barenboim visita Sevilla y declara desde el teatro de la Maestranza, a las orillas del Guadalquivir y enfrente de la Torre del Oro, que es una ciudad maravillosa y que sus calles huelen a azahar en primavera, no miente. Cuando Francisco Díaz escupe al suelo junto a los contenedores de basura en el barrio de las Tres mil viviendas, y le dice a su hijo que se suba a casa, que él se va a beber unas cañas al bar, tampoco miente. No hay una Sevilla, ni un París ni un Teruel, pongamos por caso. Hay tantas Barcelonas como habitantes y visitantes, y a veces más.
Paso una temporada en Sevilla, en un piso de un barrio de clase media baja. Hay tiendas, luz eléctrica en las calles e incluso un parque público cercano. Hace años estuve trabajando en esta misma ciudad, en el barrio de Los Remedios. También había tiendas, luz eléctrica y un parque público, pero no eran iguales. Cuando llegaba a casa por las noches veía sacar la basura a los porteros o a los propios inquilinos con chaqueta o vestido largo. Ahora veo que los que sacan la basura en mi barrio van con pantalones cortos y están tatuados con feroces dibujos de dragones y caracteres chinos. Los bares tienen muchos barrotes y las sillas siempre son de plástico rojo de ‘Beba Coca-Cola’. Los dos barrios han cambiado algo, pero siguen siendo mundos distintos en la misma ciudad. No en todo Sevilla huele a azahar, o al menos no de la misma forma.
Paso una temporada en Sevilla, en un piso de un barrio de clase media baja. Hay tiendas, luz eléctrica en las calles e incluso un parque público cercano. Hace años estuve trabajando en esta misma ciudad, en el barrio de Los Remedios. También había tiendas, luz eléctrica y un parque público, pero no eran iguales. Cuando llegaba a casa por las noches veía sacar la basura a los porteros o a los propios inquilinos con chaqueta o vestido largo. Ahora veo que los que sacan la basura en mi barrio van con pantalones cortos y están tatuados con feroces dibujos de dragones y caracteres chinos. Los bares tienen muchos barrotes y las sillas siempre son de plástico rojo de ‘Beba Coca-Cola’. Los dos barrios han cambiado algo, pero siguen siendo mundos distintos en la misma ciudad. No en todo Sevilla huele a azahar, o al menos no de la misma forma.
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