Me enseñaron que está mal escuchar conversaciones ajenas, pero si el Señor no nos proveyó de orejas retráctiles habrá tenido sus buenas razones.
El caso es que iba en autobús y oía a dos estudiantes de unos veinte años cavilando sobre el descubridor (‘inventor’, decían ellas) de la penicilina.
- ¡Lo tengo en la punta de la lengua, tía!
Debía ser algo muy importante porque, mientras se escuchaban los chirridos de sus engranajes cerebrales, ellas no hablaban y miraban errabundas por los cristales.
- ¿Hamilton? No, no me suena, jo tía…
Después de dos paradas (lo que en tiempo vale tanto como la eternidad que media desde la versión 2.3 a la 3.0) una de las muchachas exclamó: - ¡Inspector Fleming!
Alexander Fleming (1881-1955) murió reconocido por sus contemporáneos y pensando que su nombre, unido al de su obra que ha salvado millones de vidas, perviviría en la memoria de sus agradecidos congéneres.