
Ayer un infarto en forma de chispazo acabó con la tostadora que aligeraba mis mañanas. Tuvo una muerte moderna, sin nada roto ni elementos desagradables a la vista, quizá fruto de la obsolescencia programada.
Por curiosidad estuve ojeándola por si podía resucitarla (vana ilusión de tiempos pasados). Sólo se le había fundido una de esas hormiguillas de colores que están atrapadas en un circuito impreso. Eso no cuesta más de unos céntimos, pero su fallo hace inservible la tostadora. Repararla costaba unos cincuenta euros y varios días de espera. Me he comprado otra en un centro comercial por quince euros y la vieja la he tirado a la basura.
¿Qué significa esto, si es que algo significa? Mucha economía sostenible, mucho contenedor azul y amarillo y verde, y mucha huella de CO2, pero los vertederos están llenos de tostadoras a las que sólo le ha fallado un relé, de televisores cuyo delito es no ser suficientemente planos, de árboles de navidad un siete de enero.
Ya casi no me acuerdo, pero me pagué un viaje de estudios recogiendo botellas retornables y llevándolas a la tienda: qué tiempos menos higiénicos pero más limpios. Qué viejo me hacen sentir las tostadoras rotas.