sábado, 17 de septiembre de 2022

> «Un bacio ancora»

 

Cuando era más joven y viajaba por Europa de mochilero encontraba en cada ciudad razones para entristecerme por la patria mía. Han pasado los años, y ni nosotros somos los mismos ni España es la misma, aunque sí la reconocería la madre que la parió (Felipe González dixit).

 

Vengo de un viaje por la Italia rica, la del centro y norte del país. Se nota que hay dinero, se nota que hay dos mundos: uno alrededor de las estaciones de tren y otro de diseño un kilómetro más allá.

 

El caso es que me he reconciliado un poco con mi país, al que consideraba ejemplo de desobediencia e individualidad. En Italia repiten en los transportes públicos hasta la saciedad que es obligatorio el uso de mascarilla FFP2 y que llamarán a la policía si no la llevas. Nadie, los conductores, casi ni los escasísimos revisores. Nadie, en los trenes. Nadie, en los autobuses. Nadie, en los aviones. Algunos, ¡en la cubierta de los barcos!

 

En mi ciudad, los conductores de autobús recuerdan a los despistados que se la pongan al subir, y no hay absolutamente nadie sin ella. En los aviones, son los españoles las que las llevan.

 

Ya sólo hace falta ajusticiar a los conductores de motos con escape libre y renovar el CGPJ.

 

Qué buenos vasallos si tuvieran buen señor.

martes, 13 de septiembre de 2022

> Reunión de amigos

 

Hay amigos y viejos amigos. En los primeros lo importante es el sustantivo, en los segundos, el adjetivo. Tras veinte o treinta años de sólo felicitaciones por Navidad la terquedad de alguien consigue reunirnos, y si ha pasado el suficiente tiempo y las llamadas han sido pocas y llenas de lugares comunes, no se sabe muy bien qué decir aunque vale cualquier cosa que no comprometa el porqué de un silencio de años.

 

Todos ven en la silla de enfrente un espejo del paso del tiempo, y quizá se preguntan por qué son amigos: tanto modifican las orografías los cumpleaños, calvas en unos, barrigas en otros, canas en todos.

 

Después de una cena cordial y de una despedida en la que prometimos vernos con más frecuencia, cada uno volvió a su vida. Nadie celebró el reencuentro en WhatsApp ni puso fotos en Facebook, ni mucho menos nos llamamos por teléfono. El silencio ha empezado.

martes, 6 de septiembre de 2022

> Penas eternas

 

No estaba seca aún la tinta de la sentencia sobre los ERE de Andalucía y ya he escuchado comentarios interesados de que se están preparando los indultos, con el apoyo silencioso del PP (qué cosas). Con el procés, igual, oiga. Y el 23-F. Y los GAL. Y llámalo X.

 

Entiendo que uno se sienta en la obligación ética de ayudar a los amigos, pero creo que no a costa de la familia. Y la familia en este caso es el país. ¿Para qué sirve juzgar y condenar si el resultado es que no se asume el coste del error? ¿Se deberá tomar en serio el juez su trabajo con esta espada de Damocles sobre su cabeza? ¿Y el fiscal con esa piedra de Sísifo? ¿Y los investigadores si van a sufrir como Ticio? Hagamos un teatrillo y vamos a tomarnos unas pizzas.

 

Creo que los indultos desmoralizan (restan moral y adormecen) no sólo a la alta jerarquía del estado (minúsculas), sino que chorrea hasta las más oscuras cloacas, que esperan su turno.

 

sábado, 3 de septiembre de 2022

> Todo o nada

 

Soy de los que le gustan las certezas diáfanas, con límites claros: o blanco o negro. Sin embargo me temo que la realidad, ay, no está por esta labor.

 

La tecnología, sin embargo, que a la postre se basa en 0 y 1, me apoya; esto es, va contra de la realidad al menos simbólicamente.

 

Las puntuaciones en internet son abrumadoramente de 1 ó 5 estrellas, no intermedias. La oposición política al gobierno (da igual cuál) siempre ve el vaso totalmente vacío; el gobierno (da igual cuál) ve el mismo vaso llenándose para el siguiente trimestre, a punto de rebosar. Buena parte de las noticias son de las que hacen historia. Una solución no es solución si no es definitiva, total. En cada «Operación Triunfo» nacen tres nuevas estrellas de la fama. Son personajes niños de veinte años. Vivimos en una encrucijada histórica como no han visto los siglos, mañana ya no será como ayer.

 

Todo es ubicuo gracias a la tecnología y todo es ya gracias a la tecnología. Estamos en Gerona pero chateamos con nuestro amigo de Cádiz o con una desconocida de Bérgamo. Nos transfieren dinero y pensamos que hay algún problema si tarda más de un día o si las cotizaciones de bolsa no son en rabioso «tiempo real». Estamos muy impacientes en estrujar el tiempo para luego hacer poca cosa.

 

Ya y todo o más tarde y nada.

miércoles, 31 de agosto de 2022

> Siesta

 

La felicidad es esto: una tarde de verano calurosa, la somnolencia del alcohol, un ventilador oscilante, las chicharras atronando al sol, y un vecino virtuoso que practica el violín. Estoy (estaba) en la cama tumbado con uno de mis hijos, dormido pero despierto; le miraba un lunar o cómo su pelo dorado se inclinaba como la tormenta inclina la mies.

 

«A lo lejos alguien canta, a lo lejos.»

 

No hay televisión, no hay premura para hacer la comida o salir: afuera un aire de horno inunda de pereza consciente cualquier intento de cambio, todo pesa demasiado. Algo me obligará, pero ahora es todo perfecto.

domingo, 28 de agosto de 2022

> Yoga

 

Una tarde de verano una adolescente quedó con sus amigas en el parque de un barrio de clase media alta. El parque estaba concurrido. Aprovechando la caída de la tarde un grupo de madres jóvenes hacía yoga en el césped, una anciana paseaba a su diminuto perro, madres y padres vigilaban a sus hijos en el parque infantil.

 

Una pandilla de una docena de jóvenes se acercó a las tres amigas, y para divertirse les intimidaron, hicieron el ademán de grabarlas en vídeo mientras les pegaban una paliza, les quitaron las gorras de un golpe. Las chicas tuvieron miedo y gritaron.

 

Los padres que vigilaban a sus hijos en el parque infantil vieron que no era un problema con sus hijos, las que estaban haciendo yoga, paz y amor, siguieron a lo suyo. Sólo la anciana con el perro diminuto se acercó a ver qué pasaba. Una de las chicas salió corriendo y dijo que estaba llamando a la policía. Los chicos se fueron.

 

No pasó nada más ni hubo heridos, sólo humillación, impotencia y una piedrecita más en la muralla que entre todos construimos cada día con más cobardía que ahínco.

 

La persona del 112 tuvo dificultades para escribir el nombre de la calle y de la denunciante (¿con b o con v?). La policía tardó en llegar más de una hora (tenían otras prioridades) y, con gesto aburrido, escucharon pacientes el relato de los hechos: que si volvía a ocurrir les llamasen de nuevo. Que estarían atentos, dijeron.

 

Escribí en otra ocasión sobre el comportamiento de las gallinas en mi corral. Cuando entraba a sacrificar alguna, sólo se preocupaba la concernida, ya bocabajo y cogida por las patas; las demás seguían a lo suyo, estirándose y picoteando el suelo, quizá haciendo yoga.

martes, 23 de agosto de 2022

> Zombis

 

Estuve parado frente a la puerta de un supermercado, unos quince minutos. Era un barrio de clase media venido a menos, de esos en los que los hijos precarios han heredado las viviendas de los padres y las mercerías y las panaderías han sido sustituidas por chinos y aceitosos kebabs.

 

Llegó una señora de negro con dos niños y se sentó en una silla que inexplicablemente había en la puerta. Uno de los niños se acurrucó a su lado y ella le acariciaba la cabeza. Parecía que esperaba algo que nunca ocurriría. El otro niño se tumbó en el sucio suelo, mejilla contra baldosa, como un perro ante la indiferencia de su amo.

 

Un joven de mediana edad, con barba de una semana, pelo largo y ropa muy informal, salió de la tienda con un panecillo integral y un paquete de queso fresco en las manos. Tiró el cartón del paquete al suelo, abrió el pan con las manos y echó el queso con el suero dentro. También tiró el envase del queso al suelo; esponjó el panecillo, le dió un bocado y se fue.

 

Una señora salió también del supermercado sin ninguna compra, airada. Iba sola. Se paró delante del cartel de las ofertas y le amenazó y gritó hasta que se cansó y también se fue.

 

Mi clase media nunca tuvo que presenciar estas escenas. Ellos mismos se ocultaban y eran reductos aislados en barrios por los que no se pasaba salvo que fueras a ellos. Sus protagonistas, sin embargo, se han extendido y me siento amenazado de ser engullido, y tengo miedo. Y lo peor: ellos ya no se ocultan a las miradas de la clase media, en retirada.